La caminata sonora

Trabajar con paisajes sonoros involucra distintas metodologías respecto a cómo y qué grabar. Una de formas más utilizadas para registrar sonido de campo es la caminata sonora, que según Westerkamp es cualquier excursión que tenga como propósito principal, la escucha del ambiente en el cual se desenvuelve. Como podrán imaginarse, para realizar el registro es condición que quien camine, lleve un grabador que necesariamente tomará los sonidos del entorno conforme se vaya trazando el recorrido.
El hecho de que la caminata implique ocupar un espacio, es un buen disparador para reflexionar acerca de cómo interactuamos con ellos, en este caso desde la escucha pero sin descuidar la elección del tipo de caminata que elegimos realizar. Pensando en la definición de espacio, más precisamente de espacio antropológico –es decir, un espacio ocupado por el hombre que al estudiarlo puede darnos cuenta de sus prácticas sociales– Marc Augé sintetiza en tres las posibilidades de los espacios, pudiendo ser:

Itinerarios: caminos que van de un punto a otro y que han sido trazados por el hombre.

Encrucijadas: puntos donde los itinerarios se cruzan y los hombres se encuentran.

Centros: puntos más o menos monumentales, hitos construidos por el hombre y que definen un espacio, política, fronteras e identidad para quienes los frecuentan.

En el sentido en que Augé lo propone, la caminata sonora supone, en esencia, un itinerario. Sin embargo, el autor agrega que en los espacios urbanos, existe una incesante superposición de itinerarios, encrucijadas y monumentos a la que debemos atender: podemos pensar entonces que involucramos encrucijadas al incurrir en alguna intersección de caminos e incluso centros, si decidimos incurrir con nuestra caminata en algún espacio específico, como lo es un mercado, una estación o una plaza.

Paralelamente, podemos pensar en qué nos motiva a utilizar la caminata como punto de partida estético para una producción. Aunque es de nuestro especial interés la utilización de esta práctica respecto al sonido, resulta interesante atender al arte en general. Los antecedentes nos remontan a principios del 20’ donde el dadaísmo proponía una visita a un punto dado de la ciudad a modo de intervención artística, casi de manera performática y que por distintos motivos no pudo llevarse a cabo, pero que en 1924, los surrealistas retomarían con el nombre de deambulación. Esta actividad, consistía en caminar erráticamente por lugares abiertos como praderas y pueblitos alejados, buscando desdibujar la percepción del tiempo, explorando también entre la sensación de vida real y mundo onírico tan presente en todo el surrealismo.

En la década del 50’, y sumidos en un clima artístico de posguerra, los situacionistas vuelven a reformular el concepto llevándolo del campo a la ciudad y buscando entender cómo el medio geográfico impacta afectivamente sobre el comportamiento de los individuos. Este fenómeno, al que denominaron psicogeografía, dio lugar al concepto de deriva, definido por Guy Debord (1958):

“Modo de comportamiento experimental ligado a las condiciones de la sociedad urbana; técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. Se usa también, más particularmente, para designar la duración de un ejercicio continuo de esta experiencia.”

Para entenderlo mejor, donde los surrealistas dejaban todo su deambular librado al azar, la deriva es un itinerario errático resultado de una situación construida en relación a ciertas pautas que configuran el recorrido de antemano, pudiéndose indagar desde una manzana en un barrio hasta una ciudad completa. El valor de realizar derivas redunda en una idea política clave que está ligada al rechazo del capitalismo: el hombre dispone de un tiempo que utiliza para trabajar y otro que utiliza para descansar. La progresiva automatización de tareas, debería significar un progresivo aumento en el tiempo que el hombre tenga para descansar, pero en tanto se utilice este tiempo libre para consumir lo que el sistema le propone, también estará siendo funcional al capitalismo. Es por eso, que la forma de escape a este círculo vicioso que ven los situacionistas tiene que ver con lo lúdico y poder acercarse al entorno urbano bajo reglas propias, no impuestas por el sistema.
Todas estas prácticas, como vemos, tienen implícitas posturas políticas, filosóficas e incluso artísticas. La elección de caminar por una estación de metro, implica en términos de Augé habitar un centro, recorrerla es trazar un itinerario, combinar con otra línea es atravesar una encrucijada. Según la cantidad de azar y lo estipulado previamente podemos determinar la proporción entre deambular y deriva en la que nos encontramos. Todo esto, antes de prender el grabador… ¿cómo planean sus caminatas sonoras?

 

Los invito a repensar este breve texto con esta caminata por el subte de Buenos Aires, perteneciente al proyecto Paisajes sonoros subterráneos.
Ah… ¡y gracias por pasar! 

 

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